Europa

Lago Como, el lago de los ricos

La tradición se mantiene en el Lago Como, eso es todo. El escenario es tan deslumbrante que ha estado atrayendo a personajes de todas las épocas como a cisnes. Desde patricios romanos, como Plinio, a estrellas de Hollywood. Los que pudieron, se apañaron su villa asomada al lago. Otros tuvieron (y tienen) que contentarse con asomarse al lago y a las villas. Por estas riberas de postal han desfilado famosos de la crónica mundana como Rodolfo Valentino o Isadora Duncan, pero también escritores (como Stendahl, Flaubert, Shelley, Mark Twain), músicos (como Liszt, Giordano, Toscanini), políticos (como Napoleón o el presidente Roosevelt) y hasta personajes de ficción: James Bond hizo algunas elegantes acrobacias de Casino Royal en Villa Balbianello.

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Pero a los turistas que se embarcan en el muelle de Como para hacer la travesía del lago les interesan más los nombres de ahora. Aunque sólo puedan ver sus moradas de lejos, con los postigos echados. Abren bien los ojos, por si acaso, cuando pasan, nada más zarpar, por delante de Villa Le Fontanelle, en la orilla de Moltrasio; la que adornó con exquisito gusto el infortunado Versace, luego comprada por el ruso Arcadi Nurikov. Y se le ha antojado a Victoria Beckam, después de que su marido jugara en la liga italiana; está por ver si hay acuerdo.

Un poco más arriba, en Laglio, moja sus pies en el agua Villa Oleandra, que pertenece a George Clooney. El actor se deja ver por la zona, y trae a colegas como Brad Pitt a ver si les convence para que ellos también se compren un pisito.

Frente al pueblo de Sala, siguiendo hacia el norte por este brazo del lago, hay una isla deshabitada desde el siglo XII por una oscura maldición que acarrea la muerte de quien ose habitarla. En 1948, tres socios se atrevieron a montar en ella un restaurante; uno falleció en accidente náutico, a otro lo asesinó su amante, y el tercero instauró la tradición de proteger al local y a los comensales con una suerte de conjuro al final de las comidas.

Llama enseguida la atención Villa Casinella, que pertenece a Richard Branson, el amo de Virgin. Escoltada por hileras de cipreses, es con diferencia la más bonita y grande de las privadas, y hace parecer a las villas de Clooney o Versace humildes casitas de campo.

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No desmerece en absoluto de las grandes villas históricas que sí se pueden visitar. En Lenno, la más pintoresca de todas, Villa Balbianello, la escogida por James Bond; fue de un cardenal renacentista y luego la habitó el explorador Guido Monzino (quien hizo expediciones al Everest y al Polo Norte en los setenta). En Tremezzo, Villa Carlotta es la más monumental por sus jardines y por la colección de estatuas de Thorsvalden y Canova. En la orilla de enfrente está el pueblo de Bellagio, algo así como la capital del lago; allí están Villa Melzi, construcción neoclásica del Conde de Melzi d’Eril, a quien Napoleón puso al frente de la República Cisalpina de su Imperio.

La otra villa histórica de Bellagio es Villa Serbelloni, convertida en hotel de lujo. Algunas suites son de fastuosidad palaciega, los jardines están abiertos a visitas guiadas y en uno de sus restaurantes oficia Ettore Bocchia, uno de los auténticos creadores de la «cocina molecular» de la que enseguida han querido apropiarse otros cocineros. Hay otra villa antigua convertida en hotel, en Cernobbio. Se trata de Villa d’Este, que acaba de ser elegida por la revista Forbes como el mejor hotel del mundo. Un palacio del XVI con jardines renacentistas y piscina sobre el lago, donde se han tostado estrellas como Greta Garbo, Liz Taylor, Frank Sinatra, Clark Gable o Mel Gibson. Quienes no puedan comprar casa en el lago de los ricos, pueden al menos alquilarse una modesta habitación.

Si uno se atreve a desafiar la maldición, la Locanda dell’isola Comacina sigue abierta en la única isla del lago, frente a Sala (www.comacina. it). En el hotel Villa d’Este, el restaurante Veranda ofrece alta cocina italiana. En el Gran Hotel Villa Serbelloni, probar la cocina molecular de Ettore Bocchia puede ser una experiencia única en la vida, con el foie de caracol, por ejemplo, o los pescados cocinados en azúcar hirviendo.